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  • Doctora Rodríguez Muñoz

Los dientes negros que acomplejaron a una reina y a una emperatriz


Mostrar una dentadura perfecta para ofrecer a los demás nuestra mejor sonrisa ha sido una inquietud del ser humano desde el Neolítico, hace unos 9.000 años, cuando los de cierta jerarquía social fabricaron las primeras "prótesis" dentales. En el norte de África se encontró un cráneo de una mujer que contaba con un trozo de falange de un dedo introducido en el hueco de un diente ausente. Posteriormente, los etruscos mejoraron las técnicas utilizando piezas dentales de animales unidas por bandas de oro y los griegos y fenicios usaron oro blando manejando soldaduras, formas y medidas adaptables a los huecos entre los dientes.


Con el paso del tiempo se ha ido constatando el poder de una blanca y armoniosa dentadura y la seguridad social, laboral y psicológica que aporta, tanto que incluso una reina y una emperatriz no pudieron sentirse como tales al no tener sus piezas dentales en buenas condiciones.


Corría el siglo XVIII en España y la reina María Luisa de Palma, esposa de Carlos IV, había perdido prácticamente todos sus dientes, algo que entonces era habitual entre la plebe pero no entre la aristocracia. Sus 24 embarazos le habían causado un gran deterioro físico y con el objetivo de aplacar los dolores que la boca le producía utilizaba gramos de opio y láudano para frotar las encías tras las comidas, de forma que las pocas piezas que le quedaban lucían negras, dañadas y carcomidas. Apenas sonreía hasta que mandó que le realizaran una dentadura postiza a medida, una prótesis dental blanca e impoluta pero poco funcional pues con ella no podía ingerir ningún alimento en las reuniones sociales. El artefacto gracias al que empezó a exhibir con orgullo una blanca fila de dientes, despertando la admiración y la envidia de cuantas cortesanas la trataban, había sido fabricado por una familia de artesanos de Medina de Rioseco (Valladolid) pero todavía estaba en pruebas y no estaba perfeccionado siendo sus goznes demasiado rígidos.


Así pudo comprobarlo Josefina Bonaparte, esposa del emperador Napoleón, cuando en la primavera de 1808 cenaron con la pareja en Bayona tras obligarlos a abdicar para poner en el trono español a su hermano José Bonaparte. Pese a su fama de elegante, Josefina ocultaba el mismo drama que María Luisa, unos dientes negros, podridos y enfermos y una adicción al opio para aliviar los dolores. La emperatriz francesa quedó maravillada con la sonrisa blanca de la española hasta que esta tuvo que quitarse la dentadura y dejarla sobre la mesa para poder masticar los alimentos. Josefina, viendo cerca la solución a su gran problema, se interesó por el artífice del ingenio y encargó a uno de los oficiales de Napoleón que le trajera de España, en ese momento invadida por las tropas francesas, una dentadura de porcelana procedente de Medina de Rioseco. Sin embargo, esta localidad ya había sido saqueada por los franceses y todos los empleados de esta empresa familiar habían muerto o estaban impedidos para fabricar otra pieza.


Primera dentadura postiza de porcelana fabricada por los franceses Duchateau y Chemant.

Esta leyenda fue recogida por dos conocidos escritores, el psiquiatra con lazos familiares en Rioseco, Juan Antonio Vallejo Nájera, en su libro sobre José Bonaparte ‘Yo, el Rey’ y Carmen Posadas en su novela ‘La cinta roja’. Sin embargo, para muchos historiadores se trata de un relato un tanto inverosímil y alimentado por el imaginario de los riosecanos ya que los pioneros de estas técnicas de odontología fueron los franceses Duchateau y Chemant hacia 1774 y el italiano Fonzi, quien de hecho trabajó en la Corte de Napoleón.


El químico y farmaceútico Rob Duchateau, cansado de su dentadura hecha con marfil de hipopótamo que absorbía todo tipo de sustancias y desprendía un olor muy desagradable, empezó a fraguar la idea de fabricar una prótesis con otro material, la porcelana. Tras varios intentos y dificultades pidió ayuda al odontólogo Dubois de Chemant y ambos experimentaron modificando la composición original de la pasta mineral con que se fabrica la porcelana, añadiendo arena de Fontainebleu y soda de Alicante. Después el cirujano-dentista Giuseppangelo Fonzi continuó con lo iniciado por los franceses, obteniendo dientes individuales de porcelana y no en un bloque único como sus predecesores, y desarrollando 26 tipos de esmalte para adaptarse a las posibles tonalidades de la boca.

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