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  • Doctora Rodríguez Muñoz

Higiene bucal y tratamientos dentales en las antiguas Grecia y Roma


Los términos odontológicos actuales proceden del griego y el latín.

Una dentadura que presenta un buen estado ha sido siempre un indicio de salud, sobre todo en época griega y romana, cuando era la única manera de ver el interior del cuerpo sin abrirlo. Una piel limpia y un pelo abundante tenían que acompañarse de una buena dentadura en cualquier mercado de esclavos pues consideraban que vivirían más y mejor y rendirían adecuadamente. Aunque los términos que usamos actualmente para las distintas especialidades y trabajos dentales proceden del latín y del griego, entonces no existía una rama separada sino englobada dentro de la cirugía y la propia medicina estaba mezclada con la magia y la filosofía hasta la llegada de Hipócrates  (460 a.C./370 a.C.). El padre del juramento hipocrático, que buscó el origen de las enfermedades en causas científicas, nos dejó también, junto con Aristóteles (384 a.C ) los primeros protocolos higiénicos para los cirujanos y procedimientos de esterilización usando alambres calientes para tratar algunas enfermedades de los dientes y tejidos orales. Ambos describen incluso cómo sustituir dientes perdidos, estabilizar los que se movían o extraerlos como última opción.

Enjuagar el agua con vino, remedio romano para el mal aliento

En la antigua Roma dedicaban muchos cuidados especiales a la higiene bucal. Tras las comidas, solían usar mondadientes (dentiscalpium), palillos de madera, pluma, astilla o cualquier otro material que se pudiera utilizar fácilmente para este propósito. Además, existía una especie de pasta de dientes primitiva con polvo de piedra pómez, vinagre, miel y sal y contaban con diferentes remedios para camuflar el mal aliento producido por los precarios cuidados de la boca y las digestiones pesadas. Plinio el Viejo recomendaba enjuagar la boca con vino por las noches antes de dormir y otros recurrían a las hierbas aromáticas o a las pastillas perfumadas.


Por otra parte, los dentistas, con medios rudimentarios, trataban o minimizaban los efectos de las caries y fabricaban dentaduras postizas. Conseguían encapsular los dientes y construir una especie de puente o prótesis de oro (única excepción que no les quitaban a los muertos al enterrarles) y, de forma más sencilla, había un remedio para el dolor de dientes recomendado por Plinio el Viejo: enjuagar la boca con agua fría por las mañanas pero un número de veces impar. Para blanquear, además de pastillas de Cosmo, conocían una costumbre importada de Hispania o del norte de África: enjuagar la boca con orina.

Hipócrates, Aristóteles y Galeno

Otras personalidades destacadas fueron el griego Claudio Galeno (131 a.C.), que estudió  en Alejandría y recopiló todas las obras de medicina conocidas en su época. Ejerció en Roma y fue el primero en reconocer que el dolor dental podría deberse a pulpitis (inflamación de la pulpa) o pericementitis (inflamación de la raíz). Clasificó los dientes en centrales, cúspides y molares. Algunos historiadores lo consideran el primero que recomendó limpiarse los dientes con piedras abrasivas tras cada comida. Escritor incansable, su principal obra, Methodo medendi (Sobre el arte de la curación), se utilizó como fuente autorizada de la medicina hasta los tiempos del Renacimiento.


Por su parte, el enciclopedista romano Celso describió con detalle el instrumental quirúrgico utilizado por los médicos de la época. Entre ellos, el llamado tenaculum, utilizado para extraer las raíces de los dientes. En su compendio médico hace referencia a la higiene oral y a los tratamientos básicos, recomendando a quien tuviese un diente en mal estado no apresurarse a extraerlo sin utilizar otros métodos primero. Si la pieza que había que extraer estaba en muy mal estado y presentaba orificios, recomendaba rellenar dicho hueco para que ésta no se rompiese al extraerla y también limar las coronas fracturadas y reposicionarlas.


Fuentes: www.odontologos.mx y www.artedentalclinic.com

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