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  • Doctora Rodríguez Muñoz

Marco Polo, el 'bloguero' de viajes que avanzó la importancia de los dientes para los orientales


En los siglos XIII y XIV no existía Internet, ni por supuesto los blogs ni las redes sociales. Sin embargo, algunos exploradores y aventureros sí acostumbraban a narrar sus experiencias en sus diarios y en los cuadernos de bitácora de los barcos. Uno de los primeros grandes narradores y precursores de lo que se convertiría en un género literario, el de viajes, fue el mercader y explorador veneciano Marco Polo (15 de septiembre de 1254–8 de enero de 1324) que, junto con su padre y su tío, realizó una gran travesía durante cuatro años por la Ruta de la Seda (Israel, Armenia, las regiones del actual Georgia, el mar Caspio, el Golfo Pérsico, Persia y Afganistán) hasta llegar a China, donde vivió durante 17 años antes de regresar a casa por Malaca, Ceilán, la India y Persia. A su llegada a Venecia en 1298, esta se encontraba inmersa en plena batalla naval contra la República de Génova. Marco Polo fue apresado y durante su estancia en la cárcel dictó a un tal Rustichello de Pisa las memorias de su fabuloso viaje a modo de actual 'bloguero'.


El libro que originariamente se llamó ‘Descripción del mundo’, pero posteriormente se popularizó como ‘Los viajes de Marco Polo’ o el ‘Libro de las maravillas del mundo’, causó un gran impacto en la sociedad europea —se tradujo a varios idiomas— pero, además de seguidores entusiastas, como todo buen ‘influencer’ del momento tampoco le faltaron los ‘haters’ que le acusaron de exagerar o directamente inventar parte de sus crónicas. Entre la fantasía y la realidad, magnificadas o no, lo cierto es que muchas de sus narraciones descubrieron a los lectores de occidente un mundo oriental desconocido en el que no faltaron las referencias a la importancia que estas civilizaciones otorgaban a la dentadura como en el caso de los birmanos de los que explica: “Toda la gente tiene dientes de oro, es decir, que se los cubren con oro. Tienen una especie de moldes de oro con los cuales se cubren la dentadura superior e inferior. Esto hacen los hombres, pero no las mujeres”.


En la isla de Andaman (Golfo de Bengala, en la India) relata que, además de vivir “sin ley ni rey, como los animales salvajes”, “los hombres tienen cabeza y dientes de perro y en su fisonomía parecen enormes mastines. Son muy crueles y antropófagos y se comen cuantos hombres prenden que no sean de sus gentes”. En cuanto a los abrayamanes, tribu de la provincia de Lar (China), asegura que “viven más años que los demás mortales” porque “comen poco y son muy abstinentes” y que “sus dientes son magníficos, debido a una hierba que suelen mascar, que es muy saludable al cuerpo”, por lo que tampoco “sangran jamás, ni se sacan sangre de ninguna parte”.



También describe una fauna con extrañas bestias salvajes como el animal con el que producen el almizcle “del tamaño de una gacela, con el pelo muy áspero, las patas de gacela, sin cuernos, con cola de gacela, cuatro dientes, dos abajo y otros dos en la mandíbula superior, de tres dedos de largo y muy puntiagudoso las grandes culebras y serpientes “de 10 pasos de largo y gordas como un haz de trigo”, con “la boca tan amplia, que se tragarían a un hombre entero de una vez y los dientes grandísimos.


A su paso por Sri Lanka (La India) dejó en sus escritos las primeras referencias al famoso diente de Buda que actualmente atesora la ciudad de Kandy (ver post El venerado diente de Buda) pues hace alusión a las procesiones que se celebraban bajo la lluvia transportando el preciado canino. Marco Polo explica que el Gran Khan —emperador mongol— oyó decir que en una montaña de la isla de Seilán (Ceilán), en el monumento de Adán guardaban sus dientes, su pelo y su cuenco. Deseando tener en su poder estas tres cosas envió una embajada que consiguió los dos molares grandes y gruesos, los cabellos y el recipiente, reliquias que “llevaron procesionalmente al Gran Khan, que dio muestras de gran satisfacción y alegría y las recibió con gran reverencia”.

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