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  • Doctora Rodríguez Muñoz

Ohaguro, la tradición japonesa de pintarse los dientes de negro



Ohaguro (dientes negros) era la costumbre japonesa de ennegrecerse los dientes con una solución de limaduras de hierro y vinagre que adoptaron desde el siglo X hasta finales del XIX, cuando la apertura del país a las costumbres occidentales durante el periodo Meiji llevó a su paulatina desaparición.


Esta tradición la practicaban sobre todo las mujeres casadas y algunos hombres de la aristocracia o samuráis como símbolo de belleza pues así consideraban a los objetos de color negro profundo, especialmente si estaban lacados y tenían un aspecto brillante. Entre los samuráis su origen se asocia a la idea de lealtad expresada por el color negro, lo que reflejaba su decisión de no servir a otro señor durante el resto de su vida, por ello lo hacían por primera vez en su ceremonia de iniciación, a los 15 o 16 años. Sin embargo, además de la cuestión estética, la preferencia de la sociedad japonesa por los dientes negros también se consideraba beneficiosa para la salud pues prevenía el deterioro de los dientes al actuar como un antiguo sellador dental.


La costumbre apareció por primera vez entre hombres y mujeres de la aristocracia del periodo Heian (entre los siglos IX y XI) y pronto se sumaron mujeres de todas las clases sociales. Empezó como un rito de madurez entre chicas adolescentes que hacia el final de dicho periodo ya se había extendido a los varones de la nobleza. También lo hizo a la corte de la Familia Imperial, aunque en poco tiempo se fue diluyendo su uso específico por parte de las élites y llegó a considerarse aceptable entre las mujeres plebeyas, sobre todo entre las casadas y las geishas, pero era una práctica prohibida para los marginados, los vagabundos y los más pobres.


El ingrediente principal era una solución de color marrón oscuro de acetato de hierro, creada al disolver limaduras de hierro en vinagre. Cuando la solución se combinaba con taninos vegetales de fuentes como polvo de agallas del Rhus chinensis (fushi o de té), se volvía negra y dejaba de ser soluble en agua. Cubrir los dientes con este líquido prevenía el deterioro de los dientes y del esmalte y también se decía que calmaba el dolor de las afecciones dentales de manera casi inmediata. El tinte se desvanecía con rapidez y debía aplicarse una vez al día o cada pocos días para mantener el tono oscuro uniforme.



En las representaciones teatrales los actores se pintaban los dientes de negro siempre que interpretaban a mujeres casadas, cortesanas y a algunos hombres de la nobleza, para lo que tradicionalmente usaban una mezcla de azúcar moreno y resina de pino. Esta recibía el nombre de hayagane y, en formulaciones más complejas, podía incluir cera, resina de pino, negro de humo, pigmento rojo, miel de arroz y aceite de lámpara, todo ello ablandado sobre una llama.


Para el tratamiento, conservación y la aplicación del tinte usaban diversos recipientes y herramientas. Entre ellos estaban el mimidarai, un amplio cuenco con asas sobre el que se colocaba la watashigane, una fina bandeja sobre la que se ponían los elementos con los que se aplicaba el tinte. El conjunto de los elementos más pequeños lo guardaban dentro de un estuche más grande, el haguro-bako, en el que incluían el fushi-bako o cajita donde se conservaba el polvo de agallas, el haguro-tsugi con el que se administraba el tinte, y el ugai-chawan, pequeño cuenco de porcelana para realizar gárgaras después del proceso.


En cada ocasión en la que repetían el procedimiento se frotaban los dientes cuidadosamente con la cáscara de una granada para formar una superficie adhesiva para el tinte. Según Freeman-Mitford, el tinte debía aplicarse como mucho cada dos días pues desde el primer día que pasaba sin volver a dar otra capa los dientes perdían el brillo lacado y se mezclaban trozos de tonalidad gris con los que mantenían el color negro buscado, lo que daba lugar a un aspecto repulsivo.


Fuente: Wikipedia

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